Lágrimas azaharosas.

¿No tienes nada que hacer? pues vete a descular hormigas: quiero dos montoncitos, a la derecha las cabecitas y a la izquierda los culitos. Se sentía increíblemente sola. Rodeada de ella, seguida por ellas y a la diestra de ellos. Los analizaba cada que el reloj cantaba una hora menos de vida, observaba callada como se formaban los siniestros grupos: las jóvenes, las maduras, las amargas, los vivaces frutos perdidos y tan prohibidos que se arremolinaban alrededor de cada una de sus primas y sus hermanas. A temprana edad su padre le enseñó a vestirse de seda, como todas ellas. Con el perenne aroma de la familia intentó distinguirse en cada etapa, descubriendo que era imposible ya muy tarde. Pensaba en ello cada que el sol tocaba cada arruga que hoy vestía su piel, mientras que sus hermanas menores coqueteaban y buscaban la plenitud de sus días alejándose de ella. De esa, la vieja, arrugada y con el aroma podrido, con sus interiores femeninos secos y pálidos de vida. Esa puta mal agradecida que nunca compartió su experiencia con los alrededores, esa infame mujer muerta que no quiso convidarle jamás al mundo una pinche gota de sus jugos. Sentada tanto tiempo que sentía reblandecer sus nalgas, encontraba vello donde jamás imaginó que pudiera existir. Observaba con rencor las dádivas de sus hermanas, temblaba de rabia al pensar en sus gajos tiernos abriéndose al placer de alguien que nunca la hubiera elegido. Llegó a pensar que Dios en su inmundicia estaba jugando con ella, dotándola de toda la visión posible pero anulando su acción. No podía hacer más que juzgar la luz que ella nunca pudo emanar. Estaba muerta en vida. Pero nadie supo lo que ella, que cada naranja empieza a morir cuando es arrancada del árbol.