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¿No tienes nada que hacer? pues vete a descular hormigas: quiero dos montoncitos, a la derecha las cabecitas y a la izquierda los culitos. Ni siquiera la sintió llegar. Estaba sentado, encorvado sobre su bastón, haciendo una lista de sus penas y dolores mientras veía a un montón de pájaros junto a un letrero que rezaba “NO ALIMENTE A LOS ANIMALES”. Hasta eso llegamos. A un montón de aves maricas que no podían comer cualquier cosa que se atreviera a lanzarles. No sabía de dónde provenía tanto desprecio, si de él a ellas, ellas a él o todos contra el letrero. En eso pudo haber consumido su día, hasta que un pequeño jadeo lo sacó del sueño donde comandaba a un ejército de pichones para derrotar a un estúpido guardián de parque. Compañía. Era su banca del parque: bajo la jacaranda, frente a las bugambilias, lejos de los juegos. Y había alguien. Rezó para que se largara, para que no cruzara su mirada con la de él. Tenía que levantarse, pero las piernas no le responderían de inmediato y el ridículo sería peor. Así que abrió los ojos planeando no averiguar mucho de aquel suspiro invertido. Y entonces la vio. Oh, vaya que la vio. Tenía un vestido blanco, lleno de flores de colores. Parecía que había nacido en esa banca y que él era un intruso. Un pequeño bolso descansaba en su regazo, abrazado por unas manos hermosas llenas de pecas. Vio su barbilla retraída, sus labios apretados (no muy carnosos pero encantadores… ¿Por qué se fijaba en eso?), sus ojos cerrados con fuerza y toda ella coronada con un halo de desordenadas canas. - ¿Te encuentras bien, preciosa? ¡Me va a dar un bolsazo!¿Yo, llamando “preciosa” a una preciosa desconocida en el parque? ¿Qué soy? ¿Un mocoso de 60 años? Si, casi cumples 80, so tonto. Ella no abrió los ojos. Tomó aire y su rostro se relajó un poco antes de responder. - No muy bien… He cerrado los ojos un segundo… Trato de recordar algo que olvidé hace eones. Que simpática. ¿Estaba perdida? El mismo empezó a olvidar cosas hacía muchos años, tantas que ya no le importaba aprender algo nuevo. Pero, curiosamente, las cosas más viejas le revivían el corazón todos los días. - Muñeca… ¿sabes dónde vives? ¿Hay alguien esperándote o que pueda venir a buscarte? ¿Estás herida? - ¿Estoy herida? ¿Dónde? Trató de no reír. Vio como ella se sorprendió aún con los ojos cerrados, como su cuerpo se estremeció levemente al pensar que estaba herida. Puso todo su esfuerzo en moverse hasta su lado y tomar su mano para consolarla. No sabía porque se acercaba, pero esa mujer era una chiquilla de 70 años que necesitaba algo y él no podía quedarse cruzado de brazos una vez más. - Bonita… ¿Qué recuerdas? - Que yo recuerde, no estoy herida. O perdida. Sólo estoy sentada aquí, recordando algo que olvidé hace tiempo. Aún no sé si es un aroma, sabor o un poema. - Bueno, jovencita, a veces los recuerdos son muy pesados y por más que nos empeñemos en cargarlos, la vida nos hace que… - ¡Un soldado! Bajo la lluvia, junto al mar. Yo tenía 15 años y lo amaba con el alma, con la pureza de mi corazón y finalmente también de mi cuerpo. Era alto como yo, joven, guapo, de sonrisa coqueta y mirada decidida. Manos fuertes que podían partir el mundo para protegerme y al mismo tiempo cuidarme con toda la delicadeza. Lo amé… volvió a la guerra y cuando hablé de matrimonio, dejó de escribir… Abrió los ojos, pero sin voltear a verlo. Apretó su mano y frunció el gesto… Recordó su amor infantil, su mundo, sus añoranzas. Eso en lo que no había pensado en mas de 50 años porque tomó sus ilusiones y la abandonó. Era un regalo divino que no recordara su nombre. Y claro, ¿Por qué no? Las imágenes venían a su mente a medio paseo, donde tuvo que sentarse para poder recobrar el aliento y, para terminar, hablar con un desconocido que tomaba su mano. - Me enviaba piedras y conchas, ¿sabe? Algo tan insignificante… un objeto sin valor de cada lugar que visitaba. - Preciosa… ¿Insignificante? - No… por muchos años significaron todo mi mundo. El pasó saliva. Cerró los ojos y la vio con aquel vestido azul y el cabello recogido en un moño. La vio entre sus brazos, entregada, inocente, llena de amor. Y total y completamente correspondida. Quiso explicarle que no tuvo el valor de volver, que las piedritas y conchitas se convirtieron en un calabozo en un país enemigo y que tenía el alma tan fracturada que no pudo volver. Que suerte y bendición la suya, romperle el corazón dos veces en la misma vida. Le apretó la mano y buscó su mirada. Se vio en los ojos de color verde esmeralda, en esos luceros rodeados de pequeños pliegues que le regresaron el reflejo de un caballero 50 años menor. Sonrió desde el fondo de su corazón, con sus labios delgados que nacieron para decir su nombre hasta el fin de los días. Suspiró profundamente, y dijo lo que el alma le pedía a gritos: - Hermosa, vamos a otro parque, donde si podamos alimentar a las aves.

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